martes, 16 de diciembre de 2014

Los últimos pescadores

La flota dedicada a la pesca artesanal desciende un 25% en siete años. Solo quedan ya poco más de 7.600 embarcaciones de este tipo en España




José Miguel Martínez muestra las capturas del día en el puerto de Benidorm, donde es el último vecino con un barco de pesca artesanal. / pepe olivares

José Miguel Martínez comparte los últimos minutos de la noche con decenas de jubilados que se ejercitan en el paseo marítimo de Benidorm (Alicante). La brisa de la mañana empieza a intuirse cuando el amanecer invade el puerto y este pescador de 40 años emboca el Mediterráneo desde el puente de mando. Arranca los 46 caballos que empujan su barco y deja atrás un skyline perfilado por gigantescas moles de hormigón. Como mucho, se alejará tres millas para echar las redes que surtirán de melva y bonito a la lonja de la vecina Altea. En este antiguo pueblo de marineros, conquistado por el turismo desde los años cincuenta, hace lustros que no subastan las capturas. Sin embargo, aquí sobrevive José Miguel, el último pescador artesanal de la ciudad.


"En Benidorm se ha perdido la tradición porque ha habido mucha oferta de empleo en tierra y la gente se ha ido a lo fácil", sentencia el previsible eslabón final de una antigua saga de marineros, Els Tabarquines. "Nuestros orígenes vienen de la isla de Tabarca", aclara de inmediato. Su padre, tíos, abuelo, y "mucho más atrás", ya faenaban en la costa levantina. "Pero a mis hijos, de 12 y 8 años, no los veo a bordo", reconoce.
La pesca tradicional hace mucho que se enfrenta a un complicado salto generacional en esta ciudad alicantina. Un problema que se reproduce en el resto de España, donde pocos jóvenes toman el relevo de sus mayores. Y la profesión cae en picado: la flota dedicada a artes menores descendió un 25% en solo siete años. De las 10.233 embarcaciones que había en 2006 se pasó a las 7.602 de 2013, según cifras del Ministerio de Agricultura y Alimentación.
"Este declive responde a un cúmulo de factores", subraya Celia Ojeda, responsable del área de Océanos de Greenpeace y que participó en el informe Empleo a bordo, encargado a la consultora Abay Analistas. La técnico incide primero en cómo las autoridades redujeron progresivamente las cuotas de captura del sector en favor de la pesca industrial; segundo, en cómo se les retiraron subvenciones; y, tercero, en cómo estos trabajadores se enfrentan a unas "peores condiciones laborales". Según el estudio, su salario medio se sitúa en los 7.796 euros al año, mucho menos que los 23.020 euros de la pesca no artesanal. "Muchos de los que se fueron a la construcción han tenido que volver al mar, pero existe muy poco relevo generacional", explica. "No consiguen la inversión necesaria para empezar, para comprarse su propia nave. Al fin y al cabo, un barco es una hipoteca".

Pocos jóvenes en la profesión

Las nuevas generaciones se enfrentan a la cara y la cruz de la pesca artesanal: salarios medios más bajos en comparación con la industrial, pero mayor estabilidad ante los vaivenes de la economía. Entre 2006 y 2011, según el informe de Abay, el número de empleos en la artesanal se redujo un 12% —pasándose de los 25.000 a los 21.875—. En la industrial, en cambio, ese desplome fue del 24%. "Pero, mayoritariamente, cuando alguien se incorpora al mercado laboral, se fija en aquellos trabajos que le aportan mayor rentabilidad", apostilla José Luis Rodríguez, presidente de la asociación gallega de pequeños armadores Asoar-Armega, para explicar la huida de los jóvenes. "Ven que sus padres lo pasan mal y se lo piensan dos veces antes de entrar en esto".
Este problema responde, continúa el representante del colectivo, a la falta de respaldo del Gobierno, que "pasa olímpicamente de la pesca artesanal". "Hace unos ocho años retiraron las ayudas para la construcción de nuevas embarcaciones, que cubrían hasta el 60% del coste". Un subsidio fundamental para las familias más modestas. "El precio de una nave media, de diez metros de eslora, oscila entre 80.000 y 100.000 euros. A eso hay que sumar aparejos y permisos, entre otros gastos", concluye Rodríguez, que recuerda que el 70% de la flota española es artesanal. Aunque, en sus filas, apenas el 6,8% de los pescadores alcanza los 25 años. El 18,6% tiene más de 55.
Sosegadamente, José Miguel camina por el espigón donde se crió. Aquí se subió a las tablas por primera vez con 16 años. Y aquí atraca ahora su Cayetano Francisca II, de 10,5 metros de eslora, que comparte muelle con veleros y embarcaciones de recreo; con el Aquascope —nave amarilla con suelo transparente para los viajeros que ansían contemplar el fondo marino—; y con otro pesquero, propiedad de unos vecinos del cercano municipio de El Campello. Este paisaje contrasta con los primeros años de su carrera a bordo, cuando "había cinco o seis barcos artesanales" juntos. Su padre, Miguel, y su tío Vicente, de 83 y 81 años respectivamente, se sonríen cuando se les menciona esa cifra: "Nosotros conocimos hasta 15".
Vicente y Miguel empujan por el muelle un pesado carro. Los dos hombres aún tienen fuerzas para plantarse cada día en el puerto a las seis de la mañana. "Esta es nuestra vida", afirman en valenciano, mientras arrastran hasta la basura 500 metros de redes inservibles. Se rompieron el día anterior debido a la enorme cantidad de basura que se acumuló en ellas. El aparejo no podía sacarlas y acabaron destrozadas. Un contratiempo que supone una semana sin capturas, sin ingresos. "Ayer no fue una buena jornada", lamenta José Miguel. "Pero claro, si todas fueran buenas la gente sí querría dedicarse a esto". Desde hace tres años navega con Faisal, un marroquí de fuertes brazos natural de Kenitra. Con él se reparte —75% para el patrón, 25% para el marinero— los 800 euros que se sacan en una semana normal, cantidad a la que hay que restar los gastos. En una buena pueden llegar a ganar 1.500 o 2.000.
Pero el oficio es impredecible. Después del destrozo de las redes, José Miguel se quedó casi otra semana en puerto por el temporal. No pudo salir a primera hora de la mañana y orientarse en el mar por las señas que tiene localizadas en tierra. Antes eran las montañas. Ahora, también los enormes rascacielos anclados a la costa, símbolo de un Benidorm rendido al turismo y al Imserso.

"No tengo jornada, no tengo horario", afirma un pescador canario: "Dependo del mar"
A más de 2.000 kilómetros de allí, en Tarajalejo, una localidad del municipio de Tuineje (en la isla de Fuerteventura), faena el Punta Alegranza. Gervasio Sosa, de 40 años, maneja 8,51 metros de eslora que se balancean sobre las aguas del Atlántico. "¡Que no!, ¡que no!", exclama con seguridad: "¡Que esto no tiene futuro!". "Aquí, la pesca artesanal llegará a desaparecer", sentencia este padre de dos niñas de 11 y 6 años que lleva aguantando el sol, el viento y la lluvia en el barco desde que era adolescente. "Solo estudié hasta séptimo de EGB", rememora.
Este capturador de atunes heredó la profesión de su padre. "No tengo jornada, no tengo horario", explica. "Dependo del mar. A veces salgo a las cuatro de la madrugada y vuelvo al mediodía. Otras, estoy embarcado un día entero". Son las difíciles condiciones de trabajo que disuaden a muchos.
"Cuando yo era pequeñito aquí había una veintena de barcos", recuerda Gervasio con nostalgia. Ya no. En este antiguo poblado de pescadores canarios, el oficio también va camino de la extinción.

El oficio en el país

  • En España existen 7.602 barcos dedicados a las artes menores. De estos, 7.003 tienen una eslora inferior a los 12 metros, representando el 92,1% del total, según los datos de 2013 del Ministerio de Agricultura y Alimentación.
  • La flota nacional, que incluye toda modalidad de pesca, asciende a 9.871 buques. Según el Gobierno, 7.160 de estos presentan una eslora que no supera los 12 metros. Solo 157 de ellos no se dedican a las artes menores.
  • El mayor número de botes de artes menores está en la zona Cantábrico-noroeste (4.525), seguido del Mediterráneo (1.716), Canarias (787) y Golfo de Cádiz (574).
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