El cambio que necesitábamos en la cumbre de Río +20 no se ha producido. El texto de la declaración final refleja el fracaso rotundo de los gobiernos. Río+20 tendría que haber sido la cumbre de la revolución energética basada en energías renovables y la eficiencia, del Plan de Rescate de los Océanos, de la deforestación cero, de la soberanía alimentaria y el agua para todos. En su lugar, el texto de la cumbre está vacío, ningún paso adelante, no hay objetivos,...sólo palabras huecas.

Además, los gobiernos han intentado vendernos los resultados de esta cumbre como un éxito. Por eso la sociedad civil ha bautizado esta cumbre que finaliza como Greenwashing+20.

Han pasado 20 años, pero ahora nos damos cuenta del paso de gigante que supuso la Cumbre de la Tierra de 1992.  Si miramos atrás, había mucha más economía verde en la Agenda 21 aprobada en 1992 que en la declaración de Río+20. El término Desarrollo Sostenible unificó los discursos de medio ambiente y desarrollo. Nosotros, Greenpeace, tenemos el honor de estar trabajando con este legado, aunando en nuestras campañas los fuertes vínculos entre la protección del medio ambiente, la pervivencia de las poblaciones que viven de los recursos, la erradicación de la pobreza y la justicia social.

Los gobiernos, sin embargo, han tirado esta herencia por la borda. La declaración final dice, literalmente, que han "tomado nota" de los problemas del planeta, pero no dice que van a hacer para resolverlos. En este momento de crisis global, lo que hacía falta eran líderes que supieran entender los desafíos. Esta cumbre no era el momento de debatir sobre "desarrollo sostenible" o "economía verde".

Lo que llena de contenido una cumbre son los planes, las decisiones, las medidas, los compromisos y los fondos económicos necesarios para poner fin a las prácticas insostenibles, a la ley del salvaje oeste en las aguas internacionales y a los subsidios a los combustibles fósiles. Una economía basada en la energía nuclear, petróleo y carbón, la ingeniería genética, los productos químicos tóxicos o la sobreexplotación de nuestros bosques y mares no es sostenible o verde. Hoy, a diferencia de hace 20 años, muchas soluciones para estos problemas están probadas, son económicamente viables y se pueden aplicar a gran escala. Hace 20 años, los que pedían energías renovables eran calificados como utópicos. Hoy en día, los utópicos (en el sentido de irrealizable) son los que piensan que se puede seguir con las mismas recetas, con un crecimiento desbocado y depredador de los recursos y las materias primas.

Tras el fracaso de Río +20 seguiremos luchando y ya nos esperan nuevas oleadas de movilización pública para salvar el Ártico, de alianzas con los movimientos sociales, de colaboración con el sector empresarial en la búsqueda de soluciones inteligentes e innovadoras o de apoyo a los sectores pesqueros y agrícolas que viven y producen alimentos respetando la naturaleza.